San Martin y Rivadavia

La construcción del panteón de próceres argentinos, en el cual el General don José de San Martin se encuentra sin duda en la cúspide, fue un proceso que comenzó junto a la organización definitiva del Estado una vez caído el gobierno de Rosas y, mas aún, luego de la reunificación nacional en 1862. Dentro de esa construcción deben ubicarse, por ejemplo, las Historias de Belgrano y San Martin de Bartolomé Mitre. Y también las repatriaciones de los cuerpos de Bernardino Rivadavia, ocurrida en 1857, y del propio Libertador en 1880. Y no fue casual que, en este último caso, el gobierno de Nicolás Avellaneda haya decidido hacerlo en mayo de ese año, justamente el mes en que se conmemoraba el centenario del nacimiento de Rivadavia. Porque, a pesar de la manifiesta enemistad que ambos se tuvieron en vida, enemistad fundada en diferencias tanto ideológicas como políticas, era la idea base aplicada en esa construcción de nuestra historia nacional que, como José Hernández le hace decir a Fierro en su despedida, “sepan que olvidar lo malo / también es tener memoria”. Por eso, Rivadavia y San Martin podían convivir en la galería de próceres, y uno podía volver a la patria para acompañar la conmemoración del aniversario del otro.

Eso lo entendía así también un simple periódico de campaña como “El Quilmero”, el que en su edición del 3 de junio de 1880 publica la colaboración “San Martin y Rivadavia”, obra de un tal Júpiter. Lo compartimos hoy para su lectura, en otro aniversario del Paso a la lnmortalidad del General don José de San Martin.

San Martin y Rivadavia (colaboración)

La República Argentina ha cumplido con un deber de patriotismo. Los despojos del Gran Capitán han sido depositados en el seno de la madre patria, en medio de una recepción grande y majestuosa; ante la urna cineraria se han pronunciado discursos inspirados en el patriotismo del más grande guerrero de Sud América, que cual una estrella radiante de nuestro cielo aparece en el horizonte de la patria para iluminar el tenebroso abismo, donde la ambición y la perfidia destroza la libertad que nos legaron los héroes de 1810.

San Martín ha sido el brazo de la revolución de Mayo, el libertador de tres Repúblicas y el adalid valiente y generoso que inspirado en la libertad, batalló por su causa destacándose hoy en el pedestal de la gloria.

Felices una y mil veces, los pueblos que saben rendir culto y veneración á sus grandes héroes, que como San Martín, hizo flamear la bandera de la patria en la cumbre de los Andes, y que como Rivadavia infundió en el órden político la libertad de las instituciones.

Felices sí, pues esta muestra de gratitud pública, de reconocimiento y patriotismo, demuestra á los pigmeos de hoy, que la ambición debe de acallarse ante el altar de la patria en cuyo santuario se encuentran las más preciosas reliquias de nuestra independencia.

Felices sí, porque ante la majestad y grandeza de esas dos sombras queridas, se enaltece más y más el sentimiento público que lucha contra los usurpadores de sus derechos y de sus libertades.

Felices sí, porque ante esas cenizas idolatradas se postra el pueblo para inspirarse y purificar sus ideas que más tarde triunfarán coronando con los laureles de la victoria la bandera de la libertad que cruzó triunfante medio continente Americano.

La gratitud del Pueblo Argentino, que latió siempre en su generoso corazón ha demostrado hoy, que los grandes hombres viven y vivirán siempre en la memoria de todas las generaciones y, que cual un evangelio sagrado sirve de base para levantar el grandioso monumento de la paz y de la concordia.

En tristes instantes han llegado los restos del vencedor de los Andes y el centenario del primer estadista argentino. Los partidos políticos en que está fraccionada la gran familia argentina se aprestan para una guerra fratricida, nuestros hermanos del Perú, Bolivia y Chile, derraman su sangre en los campos de Tacna.

Tanto unos como otros, desconocen en medio de su encono que son hermanos y que la sangre que corre en sus venas es la misma que dió nervio á San Martín para sellar la independencia de América y sostener triunfante el glorioso pabellón de la libertad.

Vean el precipicio en donde se debaten, inspírense ante la majestad de San Martín, y antes de caer envueltos al abismo retrocedan espantados de su obra, que viene á dar por tierra los sacrificios y la sangre vertida por darles libertad y con ella, patria!!!

¡Sombra querida de San Martín y Rivadavia!

Inspirad á los combatientes de hoy, recordadles que ayer lucharon juntos por una misma causa y que destrozando sus armas fratricidas se postren ante el altar de la patria sahumando con el incienso de la paz la bandera de la libertad.

Júpiter