9 de Julio de 1876

Como ya contamos, las celebraciones del 25 de Mayo de 1810 en el Quilmes de hace 150 años no fueron para nada acordes a la fecha homenajeada (invitamos a repasar las críticas a las mismas en el artículo “25 de Mayo de 1876”: https://jehdequilmes.com.ar/25-de-mayo-de-1876/). Sin embargo, Quilmes parece haber puesto las barbas en remojo luego de de ese fallido, y para las Fiestas Julias celebradas 60 años después de nuestra Independencia las cosas fueron mejores. O al menos así lo relata nuestro cronista Pique, en un ameno artículo de época publicado en la edición del 13 de julio de ese año en el periódico “El Quilmero”…

Fiestas del 9 de Julio

De un fuerte juramento
el lazo rompo, pues mi propia estrella
para escribir, me obliga
á romperlo á él, porq’ lo quiere ella.

Y así no más es, como han de
verlo por la esplicación que haré:

Ella estaba en el Te-Deum
y, disimulada seña
me hizo, para que en la plaza
me situara al lado de ella:

Cuanto me le acerqué, la niña dijo
que á su Pique exigía
una crónica estensa
de las fiestas que había en ese día.

Como ustedes, lectoras, figurarse
podrán, pues ello es nada,
romper un juramento, es poca cosa,
por no romper su voluntad adorada.

Y sobra con esto para esplicar
que he roto mi juramento de no escribir más para el público mientras
no sea verano, porque el frío me tiene achuchado.

Les haré una reseña lo más clara posible, de las fiestas como las he visto yo.

Á las 11 de la mañana el último cohete anunciando la misa solemne, atronaba los aires, así como las calles sumamente transitadas, indicaban la numerosa concurrencia q’ ostentaría el templo.

Cuando yo me introduje por en medio de la mayor aglomeración de niñas grandes, á la derecha de donde estaban situadas las chicas de la escuela, saltándome del vestido de una á los bucles del peinado de otra, y de allí á la nariz de la siguiente, hasta que me acomodé sobre la pluma encarnada de la pamela de una criolla muy amable, pude observar que en el local del templo no cabía la cabeza de un alfiler, como decía mi señora abuela, in illo témpore.

¡Puf! ¡qué calores, qué olores y qué sudores soporté para llegar á subirme á la pamela de aquella niña!

Pero esto se disculpa con mi pobre condición de andar; yo no puedo elevarme de la superficie, y ando por el piso, tan abajo como arriba andan todos los otros seres animales.

Así es que todo lo que ustedes juzgan de arriba para abajo, yo lo juzgo al contrario, ó sea de abajo para arriba.

La concurrencia compuesta en su mayoría de pueblo, era más solemne por la presencia de la Municipalidad y el Consejo Escolar.

La Dirección de la Biblioteca Popular no se hallaba allí, aunque me han dicho que había sido invitada á asistir, como las otras Corporaciones.

Estaban las escuelas de niñas colocadas en filas en el centro del templo, y la de varones formada en dos columnas á ambos lados del altar mayor, no sé si porque así los colocaron de exprofeso á los niños ó porque entraron demasiado tarde y no tuvieron otro lugar donde colocarse.

Se cantó la Misa y Te-Deum por los señores Barrera (hijo), Serra bajo la dirección del Sr. Barrera (padre) quien á más acompañaba con el violín, y los jóvenes aficionados Vega y Martínez, con las flautas.

Estuvo perfectamente ejecutada, lo mismo que por parte del señor Cura y los dos clérigos que le ayudaron.

Concluído el acto, el joven Barrera ocupó el piano en la plaza, y allí fué cantado el Himno Nacional.

Esta parte debió ejecutarse por Don Mariano Rodríguez, también profesor de piano, pero ese señor no ocurrió á desempeñarla, quizá porque sus ocupaciones no se lo permitieron, y como en previsión de esto se había obtenido del joven Barrera que lo hiciera, así se hizo.

El Himno fué perfectamente cantado por los niños; y se hicieron merecedores á las felicitaciones del público, lo mismo que el profesor de música que los ensayó.

En seguida se dió principio á la corrida de sortija, que también estuvo bastante concurrida, aunque no tanto como lo hubiera estado por señoras y señoritas, si el arco se hubiera colocado en frente de la casa municipal, donde las casas son dignas y capaces para alojar á los concurrentes en las azoteas y ventanas, sin necesidad de estar paradas en un terreno húmedo y frío como lo es la calle de la plaza cuyo frente se colocó.

Cuando me regresé de Quilmes á la ciudad, á las 6 y 45 minutos, mediaba la plaza muy concurrida para ver los fuegos que debían encenderse, y los que como todos verían durante el día, prometían ser muy buenos.

Después he sabido que ciertamente estuvieron muy lindos y con el mayor orden.

No tengo tiempo de contarles un episodio que me pasó en la plaza, con una señora y una jóven que me echaron al medio sin verme, á causa de la brevedad, asustadas de una luz verde que un travieso muchacho arrojó derecho á ellas, y que cayendo á su lado les hizo levantarse las ropas, sin ver que yo estaba allí, por temor de que se les incendiaran.

Fué un remolino aquel, que me dejó marcando y á oscuras, teniendo que asegurarme en alguna parte para salvarme de que en la confusión me aplastaran de un pisotón; hasta que, ya serenado el trastorno, me sintió mi linda portadora, á pesar de que ni la había picado ni me había atrevido á moverme de temor que me sintiera, y dándose un fuerte manotón me arrojó tan lejos, que si no tengo la suerte de caer sobre las hermosas trenzas que cualquiera las supondría postizas por lo hermosas que eran, de una dama que en ese momento hablaba del baile que iba á haber más tarde, me mato del golpe.

Debido á ese percance escuché de los acoralados labios de mi nueva portadora la revelación más minuciosa de lo que para mí era hasta entonces un secreto.

Preparando su deseo de insistir, decía tantas cosas á otras que estaban con ella, que mi curiosidad se sintió fuertemente escitada.

Pero al proponerme volverme todo oídos, para no perder ninguna frase, sentí el tirin tirin! taran taran! del cornetero del tram-way que pasaba para la Estación, por lo que á pesar de mis deseos de continuar escuchando, tuve que esclamar:

—Adiós Quilmes, y Quilmeras, que aquí termina la historia de vuestro Pique, y os deseo ahora, paz, mañana… gloria!

Y sin preocuparme del efecto que le haría á esa niña oírme hablar desde sus trenzas, me puse de un salto sobre la cabeza de un calvo quien la dejó descubierta al sacarse el sombrero para saludar á no sé quién, trasladándome allí tranquila y abrigadamente hasta la Estación.

Y deseando que esta Crónica á ninguna mortifique, señoras y señores á ustedes saluda

Pique.

Recordamos que la colección completa de “El Quilmero” se encuentra disponible para su consulta online en la hemeroteca digital de la Biblioteca Nacional “Mariano Moreno”, gracias a la gestión de la actual administración municipal y especialmente de su Directora de Bibliotecas, Dana Carboni.